Como preludio a la siesta diaria estoy leyendo esta biografía de Mark Oliver Everett, alma creadora de Eels. El caso es que es una narración autobiográfica, con todo lo bueno y lo malo que esto conlleva. Lo bueno: que muestra con veracidad una cierta idea de la vida y de la música que el autor expone como un escenario de luces brillantes (una idea del pop nada triste) con fondo negro (todas las desgracias acumuladas en la vida de Everett). Lo malo: como toda obra autobiográfica cae algunas veces en una autocomplacencia flagrante, como cuando titula uno de los capítulos claves del libro “Todas las chicas que me gustan están locas“…. Bueno, es una manera de verlo, pero supongo que las consecuencias desastrosas de ese gusto tan peculiar no tendrán sólo que ver con la personalidad de sus ex…
Ayer llegué a uno de los pasajes que me parecen más representativos del libro. Tras el 11-S y el lógico yuyu que podía causar realizar por aquel entonces un viaje en avión por Estados Unidos (su prima murió en los atentados) Everett se monta en un tren para cruzar el país, ya avanzada su carrera hacia el éxito relativo en la música. “A veces, para matar el tiempo, me sentaba en el vagón comedor y escuchaba a los vejetes que trabajaban en el tren. Empecé a darme cuenta de que el sistema ferroviario en Estados Unidos estaba en las últimas. Funcionaba a trancas y barrancas, como un anacronismo en el veloz mundo moderno. Y noté también que en cierto modo me sentía identificado con esa idea en cuanto músico y compositor dentro del cambiante negocio musical moderno”. Pensé, antes de caer dormido en el sofá, que estaba de acuerdo en que esa puede ser una de las soluciones a la vorágine que nos rodea: Montarse en un tren destartalado y mirar por la ventanilla. La verdad es que el libro de Everett mola bastante…





























